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Para desinhibirse, nada mejor que una Copa
la vuelta olímpica
Para desinhibirse, nada mejor que una Copa
Francisco / Merino | Actualizado 02.09.2010 - 01:00CON la Copa sucede como los procesos electorales. El día después todo el mundo ha ganado. Hasta los que han perdido estrepitosamente. Quienes se quedan fuera del cuadro aseguran que se han quitado un peso de encima, que ya tienen la oportunidad de centrar todas las energías en el campeonato de Liga. Anoche se oyó la cantinela en las salas de prensa de algunos estadios de clubes históricos. No en la de El Arcángel, un campo cuyos cimientos vibraron con un torneo que se ha convertido cada año en todo un acontecimiento de alto voltaje sentimental. La Copa destapa las verdades, nadie se guarda nada. Ese morir matando hace que se emocionen hasta los espíritus más bragados. Porque es lícito que todos, hasta los que no siguen, se vean como ganadores. Aunque sea morales. El conjunto blanquiverde lo fue el año pasado ante el Rayo Vallecano, otro duelo con prórroga y héroes. Pero siempre hay uno que gana de verdad, como ayer hizo el Córdoba. Ganó el partido, la eliminatoria y el crédito de sus seguidores.
Al equipo no se le veía aparecer por su casa desde la penúltima jornada de la Liga pasada, aquel día en el que salvó matemáticamente el pellejo dejando condenado al Real Unión de Irún. Una semana después, en Castellón, firmó con un gol de Asen la victoria que le permitió cerrar el curso en el décimo lugar, el mejor en décadas. Después de un verano de bolos y una primera cita en el Helmántico, el Córdoba compareció ante sus incondicionales con otros futbolistas, otras camisetas, otras expectativas. Parecía que había pasado un siglo. Anoche se detectó cariño. Ni asomo del desapego o las dudas, cuando no el desprecio, de años anteriores. También eso es un avance. No hubo ni un solo reproche, ni el personal se fue a casa ofuscado y echando pestes de los suyos. Más bien hubo sonrisas y cábalas optimistas. Y que no paren.
Al cordobesismo se le notó ayer con ganas de que suceda algo. No se sabe bien qué, pero algo distinto a todos sus recuerdos más recientes. O sea, necesariamente bueno. O al menos agradable, ya sea a la vista o al orgullo. Lucas Alcaraz, que ya tenía un cartel por su notable expediente en la categoría, se ha transformado definitivamente en una presencia respetada en El Arcángel, donde lo normal es comenzar los cursos bajo sospecha. Lo que en otros era entendido como una frivolidad o una invitación a "tirar" el torneo por la borda, en el granadino se advierte como una determinación casada con la lógica. Ayer, casi medio equipo no había jugado un solo partido oficial con la camiseta blanquiverde. David de Coz, Oriol Riera, Samuel Camille, Beobide y Tena debutaron sin que a ninguno le temblaran las piernas. Quizá un poco más al lateral francés, que compensó alguna pifia con un encomiable entusiasmo y un destacado golpeo de balón en las faltas. La gente le perdonó los errores, tal y como hizo con todos los demás. Hubo fiesta. La Copa no va a ganarla el Córdoba, aunque seguramente también decían eso hace algunos años del Recreativo de Huelva y el Decano se plantó en la gran final. En el banquillo estaba un tal Lucas.
Al equipo no se le veía aparecer por su casa desde la penúltima jornada de la Liga pasada, aquel día en el que salvó matemáticamente el pellejo dejando condenado al Real Unión de Irún. Una semana después, en Castellón, firmó con un gol de Asen la victoria que le permitió cerrar el curso en el décimo lugar, el mejor en décadas. Después de un verano de bolos y una primera cita en el Helmántico, el Córdoba compareció ante sus incondicionales con otros futbolistas, otras camisetas, otras expectativas. Parecía que había pasado un siglo. Anoche se detectó cariño. Ni asomo del desapego o las dudas, cuando no el desprecio, de años anteriores. También eso es un avance. No hubo ni un solo reproche, ni el personal se fue a casa ofuscado y echando pestes de los suyos. Más bien hubo sonrisas y cábalas optimistas. Y que no paren.
Al cordobesismo se le notó ayer con ganas de que suceda algo. No se sabe bien qué, pero algo distinto a todos sus recuerdos más recientes. O sea, necesariamente bueno. O al menos agradable, ya sea a la vista o al orgullo. Lucas Alcaraz, que ya tenía un cartel por su notable expediente en la categoría, se ha transformado definitivamente en una presencia respetada en El Arcángel, donde lo normal es comenzar los cursos bajo sospecha. Lo que en otros era entendido como una frivolidad o una invitación a "tirar" el torneo por la borda, en el granadino se advierte como una determinación casada con la lógica. Ayer, casi medio equipo no había jugado un solo partido oficial con la camiseta blanquiverde. David de Coz, Oriol Riera, Samuel Camille, Beobide y Tena debutaron sin que a ninguno le temblaran las piernas. Quizá un poco más al lateral francés, que compensó alguna pifia con un encomiable entusiasmo y un destacado golpeo de balón en las faltas. La gente le perdonó los errores, tal y como hizo con todos los demás. Hubo fiesta. La Copa no va a ganarla el Córdoba, aunque seguramente también decían eso hace algunos años del Recreativo de Huelva y el Decano se plantó en la gran final. En el banquillo estaba un tal Lucas.


