la ciudad y los días

La balada

| Actualizado 14.03.2010 - 01:00
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HASTA hoy ejercía como presidente incuestionable de la Sociedad. Hace veinte años que lo eligieron sus accionistas. En verdad, fue él quien previamente los eligió. El proceso se repetía cada cuatro años para cambiar todo sin cambiar nada. Y siempre volvía a resultar elegido porque siempre era él quien elegía a sus electores. Y siempre por unanimidad. Democráticamente, por supuesto. Pero por unanimidad. Que en eso consiste la moderna democracia invertida o dictadura de partido. Todos piensan y actúan al unísono del director de orquesta porque quien desafine deja de pertenecer al coro. Todos cantan la misma balada porque todos balan de la misma manera.

Lo peor no es lo que haga el rebaño que gobierna sino el que consiente esta monotonía por aburrimiento y sordera inducida. Nos pasa igual que a la gente que, a fuerza de vivir junto a los aeropuertos o estaciones de ferrocarril, deja de escuchar el ruido de los aviones y los trenes. Y a la misma ausencia de estímulo obedece que hayamos incorporado el zumbido de los noticieros a los ruidos de la boca mientras masticamos. O que niños de dos años sepan distinguir a Rajoy de Bob Esponja. O que se emita fútbol en directo todos los días de la semana. O que todas las cadenas difundan las mismas imágenes tautológicas que enferman de indolencia a quien las mira sin ver.

Sin embargo, hay decisiones que por esperpénticas insultan a quien las ignora. Como el nombramiento este fin de semana del nuevo presidente de la Sociedad después de elegir a sus nuevos accionistas. Todos dependen de él y él depende de ellos. El mismo parasitismo de antes. Pero las maneras y justificación esgrimida para el cambio formal de presidente, que ya se había producido de hecho por el abandono del anterior, son sencillamente patéticas. En la balada más ovejuna que jamás haya escuchado, los grandes y pequeños accionistas aprobaron por unanimidad la gestión del presidente saliente. Y como público de plató que aplaude por igual a quien grita blanco y al que grita negro, argumentaron después la necesaria y urgente elección de nuevo presidente y de generar nuevas ideas y de acometer nuevos proyectos para salir de la nefasta situación económica causada por el anterior. La misma que habían ratificado por unanimidad. Irresponsablemente.

Mi abuelo definía la política de partidos como un redil de cerdos en el que mientras comen unos chillan los otros. Por eso resulta estratégicamente esencial para la estabilidad de un partido que todos sus militantes con capacidad de elección tengan comida para que no chille ninguno. O que se les prometa que la tendrán. O que tengan la certeza de que harán matanza con el cerdo que chille. Afortunadamente, en Andalucía no ocurren estas cosas. Nuestro anterior presidente dejó la Junta para ser ministro. Dejó lo menos para ser más. Él no tuvo la culpa de no ver la crisis y se fue con quien tampoco la vio. Los suyos no le culpan y aplauden su ceguera a la vez que eligen a un nuevo presidente que les haga ver la luz. Y al final, como fin de fiesta, cantaron puño en alto la misma balada de siempre.
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