Desde la ribera

Adiós, don Miguel

Luis J. Pérez-Bustamante | Actualizado 14.03.2010 - 01:00
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EN silencio y con discreción nos dejó el pasado viernes don Miguel Delibes, el último mohicano de la literatura española del siglo XX. Con la vida cumplida y el dolor de años en soledad por la marcha de su esposa, Delibes nos dejó con el estilo de quien no quiso más gloria en vida que la de dedicarse a crear una obra literaria majestuosa para todos los que lo adoramos y normal para un hombre de su talento. Hablar de Delibes es hablar de generaciones enteras que nacieron a la literatura de su mano, hablar de tardes de lectura apasionada a costa de horas de clase mientras nos íbamos imbuyendo en el universo fascinante de este vallisoletano. Horas de lectura en novelas cortas, directas, como el buen periodismo que practicó en el Norte de Castilla -envidia de quien haya servido a las órdenes de manos tan maravillosas-, novelas que no se recreaban en nada artificial, que iban al corazón de las cosas y de los sentimientos. No era Delibes de esos autores tan de moda ahora que para contar una buena historia necesitase de 600, 700 ó 1.000 páginas. Don Miguel te agarraba en la segunda palabra y no te soltaba hasta la última, en esa página 100 ó 150 a la que llegabas tras haber transitado por su interior con tal delectación que cuando levantabas la cabeza la hora de la clase, de la cena o del sueño estaba ya más que superada.

Glosar una figura como la de don Miguel Delibes es un imposible, una incorrección además por parte de quien sólo puede expresar admiración y respeto por un maestro del lenguaje y la palabra. Sólo puede uno recordar la emoción del primer encuentro con La sombra del ciprés es alargada, la conmoción sentimental de esa maravillosa loa al amor que es Mujer de rojo sobre fondo gris, la dulce melancolía de la La hoja roja, la cruda miseria de Las ratas o la devoción absoluta hacia quien pudo obrar un fresco de las postrimerías de la posguerra de la magnitud de Los santos inocentes -ahora podrá agredecerle de nuevo Paco Rabal al maestro que creara a Azarías para darle uno de sus mayores momentos de gloria.

Miguel Delibes nos ha dejado y por fin ha vuelto a encontrarse en el cielo con su Ángeles. Su hueco, se ha repetido hasta la saciedad estos días, permanece vacío. Nadie ha sabido narrar su tierra como él, nadie transmitir el tránsito de la España oscura a la luz, nadie ser un maestro con tan poca vanidad. El Nobel le dio la espalda, pero eso no importa nada. A quienes perdimos el viernes a un maestro de esos con los que te adentrabas en la madurez, nos basta con saber que sus libros siempre seguirán ahí y envejecerán, como el buen vino, ganando matices y sabor. Gracias por todo don Miguel, aquí se despide un amigo.
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