- El Día de Córdoba, Noticias de Córdoba y su Provincia
- Opinión
- Fahrenheit 451
Fahrenheit 451
planeta toro
Fahrenheit 451
Fernando González Viñas | Actualizado 14.03.2010 - 01:00DECÍA en las páginas de este periódico el otro día el profesor Cuenca Toribio, quien se considera a sí mismo un intelectual, que Manolete no era el mayor intelectual que había dado Córdoba, pero sí uno de los mayores.
Por otro lado, escribía Julio Camba en 1935 en el diario ABC -¡Viva la competencia!- que el club Guerrita era un ejemplo que debía extenderse y formarse en todo el país: clubs Valle Inclán, clubs Pío Baroja y clubs Unamuno. Lo dice con palabras tan bonitas que transcribiré la que se refiere intrínsecamente al califa: "…ahí tienen al Guerra haciendo del Guerra como si no fuese el Guerra, sino un ciudadano cualquiera". Dicho lo cual podríamos acabar aquí. Pero también podríamos sacar una lección que mucho tiene que ver con el asunto del Parlament, el cual, digan lo que digan, nada tiene que ver con nacionalismos ni con chorradas. La lección estaría en que si se prohíben los toros en Cataluña y se hiciese extensible a nuestra Andalucía, nos quedaríamos sin intelectuales.
Tal como suena. En mi humilde condición de cobarde ante las vaquillas, el que se prohíban los toros por consenso universal vegetariano no me preocupa en demasía, en el sentido de privarme de un acontecimiento del que a veces salgo aburridísimo, y otras, extasiado. Más bien me preocupa que el discurso intelectual que se genera dentro de los ruedos, arcaico y vanguardista por partes iguales, se vaya a pique.
Peor puede ser que en un afán de arrasar como se arrasó con el imperio asirio en Nínive, se deje de hablar de toros en las tabernas. Eso sí que me preocupa. Igual que caen lenguas en el olvido -¡pobre escritura cúfica sumeria!-, también caen las palabras. Y caerían las palabras de la tauromaquia, un asunto que no es baladí y que nos debería llevar a una reflexión en el momento en el que a algún académico se le ocurra que hay que borrarlas del diccionario como se ha de borrar también la acepción gallego en su sentido más peyorativo.
Una vez despojados del espectáculo, del discurso intelectual que se desarrolla en la plaza y de las palabras, entonces habremos acabado con la tauromaquia. Luego llegará el momento de hacer una hoguera situada en pleno centro la plaza de las Tendillas, junto a la estatua, y emular al Farenheit 451 de Ray Bradbury, con policías entrando casa por casa confiscando libros de toros para llevarlos a la hoguera junto al Gran Capitán y a su caballo de bronce. No voy a negar que muchos libros de toros se merecen este final, pero sería imperdonable acabar con otros como Las taurinas de ABC, por poner un ejemplo, y ¡viva la competencia!
Por otro lado, escribía Julio Camba en 1935 en el diario ABC -¡Viva la competencia!- que el club Guerrita era un ejemplo que debía extenderse y formarse en todo el país: clubs Valle Inclán, clubs Pío Baroja y clubs Unamuno. Lo dice con palabras tan bonitas que transcribiré la que se refiere intrínsecamente al califa: "…ahí tienen al Guerra haciendo del Guerra como si no fuese el Guerra, sino un ciudadano cualquiera". Dicho lo cual podríamos acabar aquí. Pero también podríamos sacar una lección que mucho tiene que ver con el asunto del Parlament, el cual, digan lo que digan, nada tiene que ver con nacionalismos ni con chorradas. La lección estaría en que si se prohíben los toros en Cataluña y se hiciese extensible a nuestra Andalucía, nos quedaríamos sin intelectuales.
Tal como suena. En mi humilde condición de cobarde ante las vaquillas, el que se prohíban los toros por consenso universal vegetariano no me preocupa en demasía, en el sentido de privarme de un acontecimiento del que a veces salgo aburridísimo, y otras, extasiado. Más bien me preocupa que el discurso intelectual que se genera dentro de los ruedos, arcaico y vanguardista por partes iguales, se vaya a pique.
Peor puede ser que en un afán de arrasar como se arrasó con el imperio asirio en Nínive, se deje de hablar de toros en las tabernas. Eso sí que me preocupa. Igual que caen lenguas en el olvido -¡pobre escritura cúfica sumeria!-, también caen las palabras. Y caerían las palabras de la tauromaquia, un asunto que no es baladí y que nos debería llevar a una reflexión en el momento en el que a algún académico se le ocurra que hay que borrarlas del diccionario como se ha de borrar también la acepción gallego en su sentido más peyorativo.
Una vez despojados del espectáculo, del discurso intelectual que se desarrolla en la plaza y de las palabras, entonces habremos acabado con la tauromaquia. Luego llegará el momento de hacer una hoguera situada en pleno centro la plaza de las Tendillas, junto a la estatua, y emular al Farenheit 451 de Ray Bradbury, con policías entrando casa por casa confiscando libros de toros para llevarlos a la hoguera junto al Gran Capitán y a su caballo de bronce. No voy a negar que muchos libros de toros se merecen este final, pero sería imperdonable acabar con otros como Las taurinas de ABC, por poner un ejemplo, y ¡viva la competencia!


