opinión

La muerte de un maestro

Diego Martínez Torrón | Actualizado 14.03.2010 - 01:00
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LA pérdida de Miguel Delibes es la pérdida quizás de las señas de identidad de lo que se ha entendido tradicionalmente como buena novela española, novela de estirpe literaria que, actualmente, en la sociedad mercantilizada que vivimos, está lamentablemente siendo sustituida por burdos best-sellers de brillante y fugaz existencia, verdaderas novelas de usar y tirar que corresponden además a modos narrativos propios del universo anglosajón más mercantilista, haciendo la salvedad de que en ese ámbito anglosajón hay también novela seria, aunque oscurecida en los tiempos que corren.

He publicado varios estudios sobre la totalidad de la narrativa de Delibes y debo de confesar al lector que su actitud, parangonable a la vida retirada que cantaran Fray Luis de León, Arias Montano y el divino Capitán Aldana en el siglo XVI, prolongando el beatus ille horaciano, influyó poderosamente en mi concepto del arte y la literatura, pues la enorme valentía de quien en plena gloria literaria se retira a un lugar perdido y pobre de Castilla, merece un verdadero respeto.

Las cartas que me he cruzado con Don Miguel me han ofrecido textos suyos entrañables, también socarrones y siempre inteligentes y agudos.

Conocí a Delibes siendo yo muy joven, en una conferencia espléndida que dio en el Palacio de las Cortes, presentado por Gregorio Peces Barba. En ese acto hizo un brillantísimo relato del decurso de su narrativa, ilustrando con cada obra suya cada uno de los movimientos literarios que definen a la novela de nuestra segunda mitad del XX, desde la novela social, la existencial, la experimental a la lírica. Fue un acto emocionante porque el novelista habló con el laconismo castellano, la exactitud y la belleza de este gran idioma que aquilataron los escritores del Siglo de Oro, y que estamos perdiendo los escritores españoles del siglo XXI.

Recuerdo que en un congreso sobre Delibes que se organizó en la Universidad de Málaga y en el que participé, defendí que se merecía el Nobel más que Cela, y que ojalá aún hubiera tiempo para dárselo. Recuerdo también que en ese congreso defendí el valor de su entonces reciente novela Señora de rojo sobre fondo gris (1991). Hubo quien alegó entonces también la presumible falsedad de la protagonista, que parecía la mujer sabia del Evangelio, se dijo. Y yo debí decir, y lo digo ahora porque entonces no lo hice, que Delibes siempre se encarna en la piel de sus personajes y los hace creíbles, y que siendo el relato de un padre a sus hijas glosando la personalidad de su esposa muerta -trasunto evidente de la biografía de nuestro escritor- hubiera sido una necedad criticar los defectos de la persona perdida.

Finalmente de ese congreso recuerdo la carta que me mostró con orgullo el organizador de los actos, Cristóbal Cuevas, en la que Delibes se excusaba de asistir al congreso por determinados motivos de salud… Y entonces le hice saber con todo afecto al mencionado profesor, que lo que el socarrón de Don Miguel había hecho era transcribir textualmente algunos de los achaques que sufría el protagonista de sus Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso

El gran tema de Delibes, hombre comprometido con la ecología desde una fecha temprana en que esto era raro, y no una necesidad perentoria y universal como ahora -se anticipó a los tiempos- creo que ha sido el tema del progreso. Delibes se niega al desarrollo salvaje de la civilización (qué actual ahora todo este concepto de la vida, con la crisis que sufrimos motivada en nuestro país por un crecimiento urbanístico salvaje y descontrolado…). De todo ello di cuenta con admiración juvenil en un artículo en El País, reseñando su El disputado voto del señor Cayo, que titulé Miguel Delibes, la sencillez de un maestro.

Yo creo que el progreso, con todos sus malthusianos inconvenientes, es inevitable. Delibes se recluyó en su mundo, cantó a la sabiduría de la gente del pueblo, del hombre ligado a la naturaleza… Quizás habría que aprender de él y llegar por bien de toda la civilización del siglo XXI a un entendimiento que ofreciera un progreso armónico, porque el mundo que él cantó, su mundo, su persona, desaparecen, como está desapareciendo un concepto de novela y de literatura y hasta un concepto del hombre.

Es por ello que quiero llamar a este breve, emocionado homenaje sobre la persona que mereció el Nobel y no lo obtuvo, la muerte de un maestro, que es la muerte de una época, de un modo de entender la vida y la literatura, de enfrentarse al arte con la autenticidad admirable que, desde la diáfana claridad de su prosa, nos ofreció este gran escritor que hoy lloramos y al que siempre admiraremos.
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