- El Día de Córdoba
- Opinión
- La memoria olvidada
La memoria olvidada
la tribuna
La memoria olvidada
| Actualizado 17.08.2009 - 01:00Y siguiendo con el repaso de las modalidades vacacionales que cuentan con un mayor número de adeptos, hoy le toca el turno al camping, que se puede entender como la "expresión" turística más económica, aunque ya muchos no la escogen por precio, si no por gusto propio. Hay gente para todo, dice la célebre frase hecha, y es bueno que sea así -pues claro-. Dentro de los campistas auténticos, los campistas por vocación y tradición, existe una especie de jerarquía, en muchos casos parecida a la militar, o, incluso, a la eclesiástica. Es decir, hay un tipo de campista, curtido en mil circunstancias y avatares, que es feliz rememorando bajo la luz de la Luna aquella tienda que montaron en el pico de una montaña, o bajo una imponente nevada o en un suelo anegado. Esos mismos campistas cuentan con la suficiente experiencia como para hacer de su estancia una verdadera traslación de su espacio habitual, y los podemos ver con su olla a presión, su antena parabólica, sus tres generadores de electricidad, su césped artificial en la entrada o su pata de jamón colgando del mástil de la tienda de campaña. Estos campistas gozan de todos los servicios que les ofrecen en los campings, se encuentran tan cómodos que en menos de diez minutos han intimado con los vigilantes, conocen a una prima segunda de la dueña del minimarket y, sobre todo, son maravillosamente felices ayudando a montar la tienda a los novatos, a los que tratan con una extraña paternidad. Porque en los campings siempre podemos encontrar la figura del novato, fácil de descubrir, envuelto en cuerdas, mirando con extrañeza una pieza o al borde de un ataque de nervios tras comprobar que el tiempo avanza y la que ha de ser su casa sigue tirada sobre el suelo. Otro gran descubrimiento de los campings es el de sus sonidos, sonidos nocturnos. Una balada de ronquidos y demás violencias corporales tratan de imponerse a los grillos nativos fabricando una cantinela que ni el mejor compositor se atrevería a plasmar en un pentagrama.
Uno puede pasarse tres horas, incluso más, comprobando todo lo que han trasladado y colocado la auténtica familia campista, aunque no menos llamativos son esos nuevos y motorizados pobladores de los campings que llegan sobre ruedas. En su doble modalidad, caravana y autocaravana, son la exaltación del espacio como paradigma de infinitas posibilidades. Porque lo que usted contempla ahora como una mesa, un trastero o un frigorífico, dentro de diez minutos puede convertirse en una cómoda cama, en una tabla de planchar o un sillón de tres plazas. Interiores cambiantes que nos muestran una realidad tan temporal como milimetrada. Un par de horas después estar dentro de una caravana, si superó la claustrofobia, ya habrá aprendido a manejarse con holgura en su interior, dejando de ser el mejor ejemplo de ese refrán que habla del elefante que se cuela en la cacharrería. Uno de los rincones que más me apasionan de las caravanas es el de la cocina, con ese fregadero que me recuerda los juguetes de mis hijos y ese frigorífico que habría sido el paraíso del nomo cervecero, si es que ese nomo existió, con huequecitos pensados y repensados para aprovechar hasta el último de los centímetros. Si usted ha estado alguna vez en un camping, seguro que se ha sorprendido al comprobar todos los ocupantes que salen de una autocaravana. No hace tanto conté seis, cuatro niños y dos adultos, y no tengo en cuenta el perro, un imponente pastor alemán, y el loro, que voceaba dentro de su jaula.
Tanto en la vertiente tienda de campaña como en las motorizadas autocaravanas debemos tener en cuenta a los "espíritus libres", que plantan su iglú en la falda de una montaña o a los pies de un lago o que aparcan -y hacen noche y hasta una paella- junto al Vaticano o a la Sagrada Familia. No hace tanto, nada más salir del Museo Reina Sofía, me topé con un individuo con aspecto germánico que se cepillaba los dientes, como si tal cosa, en la puerta de su autocaravana. Es la versión aventurera/turística del camping esquivando la disciplina del camping o del hombre emulando las habilidades del caracol, de un lado para otro con la casa a cuestas. O, tal vez, el último anhelo de una libertad que la hipoteca nos arrebató.
Uno puede pasarse tres horas, incluso más, comprobando todo lo que han trasladado y colocado la auténtica familia campista, aunque no menos llamativos son esos nuevos y motorizados pobladores de los campings que llegan sobre ruedas. En su doble modalidad, caravana y autocaravana, son la exaltación del espacio como paradigma de infinitas posibilidades. Porque lo que usted contempla ahora como una mesa, un trastero o un frigorífico, dentro de diez minutos puede convertirse en una cómoda cama, en una tabla de planchar o un sillón de tres plazas. Interiores cambiantes que nos muestran una realidad tan temporal como milimetrada. Un par de horas después estar dentro de una caravana, si superó la claustrofobia, ya habrá aprendido a manejarse con holgura en su interior, dejando de ser el mejor ejemplo de ese refrán que habla del elefante que se cuela en la cacharrería. Uno de los rincones que más me apasionan de las caravanas es el de la cocina, con ese fregadero que me recuerda los juguetes de mis hijos y ese frigorífico que habría sido el paraíso del nomo cervecero, si es que ese nomo existió, con huequecitos pensados y repensados para aprovechar hasta el último de los centímetros. Si usted ha estado alguna vez en un camping, seguro que se ha sorprendido al comprobar todos los ocupantes que salen de una autocaravana. No hace tanto conté seis, cuatro niños y dos adultos, y no tengo en cuenta el perro, un imponente pastor alemán, y el loro, que voceaba dentro de su jaula.
Tanto en la vertiente tienda de campaña como en las motorizadas autocaravanas debemos tener en cuenta a los "espíritus libres", que plantan su iglú en la falda de una montaña o a los pies de un lago o que aparcan -y hacen noche y hasta una paella- junto al Vaticano o a la Sagrada Familia. No hace tanto, nada más salir del Museo Reina Sofía, me topé con un individuo con aspecto germánico que se cepillaba los dientes, como si tal cosa, en la puerta de su autocaravana. Es la versión aventurera/turística del camping esquivando la disciplina del camping o del hombre emulando las habilidades del caracol, de un lado para otro con la casa a cuestas. O, tal vez, el último anhelo de una libertad que la hipoteca nos arrebató.


