Poca casta tras la cámara

Carlos Colón | Actualizado 16.03.2010 - 05:00
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Drama, EEUU, 2010, 105 min. Dirección: Tom Vaughan. Guión: Robert Nelson Jacobs. Intérpretes: Harrison Ford, Brendan Fraser, Keri Russell. Guadalquivir, El Tablero.

¿Por qué Harrison Ford se empeña en una película que tendrá las pretensiones que quiera, pero en realidad es un telefilme de sobremesa? No lo sé. He escrito aquí ya muchas veces que la situación actual de los actores norteamericanos es más dura que en los tiempos más duros de los estudios. Entonces los trataban como a caballos, ciertamente; pero de carreras. Ahora, cuando dependen de ellos mismos y de las habilidades de sus agentes para sobrevivir en un entorno industrial que desde hace tiempo no es gobernado por hombres de cine, son tratados como caballos de carga. Otras veces he expuesto aquí objetivamente el declive de las carreras de los grandes actores de los 70. El caso de Harrison Ford es similar al de todos ellos: de consagrarse con George Lucas y Steven Spielberg en los 70 pasó a ser dirigido por Ridley Scott, Peter Weir o Polanski en grandes o buenas películas de los 80 para finalmente ir decreciendo a partir de los 90 hasta naufragar en sus últimos títulos a las órdenes de pegapases como el tal Tom Vaugham que dirige esta película con los simplones modales de los telefilmes que le dieron de comer durante casi toda su carrera hasta que, con Algo pasa en las Vegas, tuvo la mala idea de pasarse al cine. Y lo peor es que el propio Harrison Ford es el productor ejecutivo: cuando los caballos se carreras se tratan a sí mismos como bestias de carga todo está perdido.

La historia, que se ha contado ya otras veces mejor (El aceite de la vida), tiene la emoción de tratarse de la lucha real de un padre por convencer a la industria farmacéutica para que investigue sobre la rara y mortal enfermedad que aqueja a dos de sus hijos, llegando al extremo de crear su propia compañía; tiene el atractivo de contar con un buen malo/bueno, el brusco y agrio investigador que interpreta Harrison Ford; y tiene el mérito de denunciar las distorsiones que la lógica del beneficio introduce en la industria farmacéutica. La película le añade el valor de un Harrison Ford con ganas de enfrentarse a un personaje duro que se acompasa bien con su gesto hermético. Pero en el cine el actor es el torero y el director es el toro; y es sabido que si el segundo no tiene casta y embiste, poco puede hacer el primero. El trabajo de Vaugham carece de casta cinematográfica, quitando convicción, emoción y fuerza a una historia que debería tenerlas. Entretenida lo es. Pero las ambiciones de denuncia y emociones del guión, y las ganas con que Ford se enfrenta a su anguloso personaje, merecían más toro tras la cámara.
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