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Reunidos en un libro los poemas que Emily Dickinson dedicó a la muerte
Reunidos en un libro los poemas que Emily Dickinson dedicó a la muerte
Rubén Martín recopila textos clave de la poetisa en una antología publicada por Bartleby
Efe / Madrid | Actualizado 04.03.2010 - 05:00La Emily Dickinson más actual, la más dura, que se acerca a la muerte hasta rozarla, llega ahora a las librerías en bilingüe de la mano de Rubén Martín, cuya antología Poemas a la muerte cubre un hueco editorial en España sobre uno de los temas que más obsesionaron a la gran poeta estadounidense.
"Si tengo la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía". Así de extrema e intensa se mostraba Emily Dickinson (Amherst, Massachusetts, 1830-1886) ante el hecho poético, para ella una cuestión casi física y un vehículo para adentrarse, además de en la naturaleza y en lo íntimo, otras de sus constantes, en el lado más oscuro e inexplicable que acompaña al ser humano.
Dickinson, un ser adelantado a su tiempo, una rara avis del siglo XIX, hija de una prominente familia protestante de Nueva Inglaterra que se retiró del mundo y se recluyó en su habitación a los 30 años, vivió con suma intensidad la pasión de la vida y el conocimiento de las artes.
"Dominaba el latín (leía a Virgilio en su idioma) y conocía la astronomía, la filosofía y la botánica", indica el antólogo y traductor de Poemas a la muerte, editado por Bartleby. Estudió alemán, tocaba el piano y era una entusiasta de la botánica. No dejó de practicar la jardinería y la horticultura hasta su muerte.
Hasta ahora, ninguno de sus antólogos se había atrevido a elegir como monografía el tema de la muerte, al que tanto tiempo dedicó.
"Si tengo la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía". Así de extrema e intensa se mostraba Emily Dickinson (Amherst, Massachusetts, 1830-1886) ante el hecho poético, para ella una cuestión casi física y un vehículo para adentrarse, además de en la naturaleza y en lo íntimo, otras de sus constantes, en el lado más oscuro e inexplicable que acompaña al ser humano.
Dickinson, un ser adelantado a su tiempo, una rara avis del siglo XIX, hija de una prominente familia protestante de Nueva Inglaterra que se retiró del mundo y se recluyó en su habitación a los 30 años, vivió con suma intensidad la pasión de la vida y el conocimiento de las artes.
"Dominaba el latín (leía a Virgilio en su idioma) y conocía la astronomía, la filosofía y la botánica", indica el antólogo y traductor de Poemas a la muerte, editado por Bartleby. Estudió alemán, tocaba el piano y era una entusiasta de la botánica. No dejó de practicar la jardinería y la horticultura hasta su muerte.
Hasta ahora, ninguno de sus antólogos se había atrevido a elegir como monografía el tema de la muerte, al que tanto tiempo dedicó.









