Un recorrido por su historia

Debussy enlaza con el Falla de ‘La vida breve’ y el romanticismo vuelve · Gámez ha sido fiel, en su última edición, a dos pilares básicos: el ciclo sinfónico-coral y a las ofertas de los ballets más sugerentes.

Juan José Ruiz Molinero | Actualizado 09.03.2012 - 11:19
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En su última programación como director del Festival de Granada, Enrique Gámez ha querido hacer un recorrido por lo que ha sido lo más popular y atrayente de su historia: los ciclos sinfónicos-corales y el capítulo de danza, sin olvidar, naturalmente, los recitales, la música de cámara, el flamenco y el FEX, tan robustecido los últimos años, aunque omitiendo uno de los capítulos más difíciles, y a veces inasequibles, el de la ópera.

Ha utilizado para este engavillamiento el 150 aniversario del nacimiento de Claude Debussy y su influencia en la música universal, pero muy especialmente en la española y, sobre todo, en Manuel de Falla. Así no es de extrañar que inaugure el Festival con las imágenes de la Iberia, debussyana, en su genial visión lejana, pero profunda de otras tierras no galas, para dar paso a  La vida breve, de Falla, en versión de concierto. Nombres españoles, como tantas veces hemos visto en este mismo escenario, encabezados por la Orquesta y Coros Nacionales, bajo la dirección de Josep Pons y la presencia de un plantel de cantantes granadinas como Mariola Cantarero, Leticia Rodríguez y Estrella Morente.

 El programa se sigue deteniendo en su historia y con la dirección de Pons, la misma orquesta y coro, reforzado por el Coro de RTVE aborda una obra que podría ser el himno del Festival: La Novena sinfonía, de Beethoven, antecedida por la pincelada nueva del Requiem de Ligeti, no escuchado en estas sesiones. Días después la OCG, bajo la dirección de Juanjo Mena, se asoma el Doble concierto para violín y violonchelo en La menor, op. 102, de Brahms, con dos solistas solventes como Isabel von Keulen y Asier Polo, además de la pincelada moderna de Tomás Marco, con su mirada a Brahms Trough the Looking-Brahms.

 Vuelven conjuntos que han dejado constancia de su calidad en el Festival. En los conciertos de La Royal Philharmonic Orchestra, con Charles Dutoit, no faltan el Preludio a la siesta de un fauno, o El Mar, de Debussy , la Sinfonía núm. 5 en Mi menor, op. 64, de, Chaikovski, o las atractivas evocaciones sinfónicas de Ravel (Mi madre la Oca o El Vals); Falla (suite núm. 2 de El sombrero de tres picos) o Respighi con las Fuentes y los Pinos de Roma. Cruce de influencias e impresiones que son plato de gusto de cualquier preciada orquesta.

El granadino Pablo Heras-Casado, que está triunfando en el mundo en la dirección orquestal, dirige a la Freiburger Barockorchestre con obras de Mendelssohn y Schubert. Y la muchas veces presente en estas sesiones Orchestre National du Capitole de Toulouse, dirigida por Tugan Sokhiev,  juega en el primer concierto con una pieza que faltó en el bicentenario de Schumann, el Concierto para piano y orquesta en La menor, op. 54, que tendrá como solista al también conocido y admirado Javier Perianes, y en el segundo, con el apoyo del Coro de la Generalitat Valenciana y de la mezzosoprano Larissa Diadkova, con evocaciones orientales –Schehererzade, de Rimski-Korsakov– y cuadros singulares de la Rusia eterna, desde las Canciones y danzas de la muerte,  o Cuadros de una exposición –la primera, orquestada por Shostakovich, la segunda, por Ravel–  o esa partitura llena de fuerza y apasionamiento que es Alexander Nevski,  convertida en cantata la música que Prokofiev había escrito para la película de Sergei Eisenstein. Ya Gámez nos regaló, en 2003, con Iván el terrible, del mismo autor, una incursión por la Rusia eterna escrita igualmente para una película de Eisenstein.

El pilar de la danza

El ballet ha sido otro de los pilares del Festival y Gámez nos lo ha recordado en su última edición que ha programado. Lo abre Los Ballets de Roland Petit, con primeras figuras internacionales de la danza y obras universales en una gala en homenaje al medio siglo que se cumple de su presentación en el Festival de algunas de sus coreografías que han quedado como parte fundamental de la historia de la danza.

El Bayerisches Staatsballet München ofrece dos programas de diversa munición coreográfica que culmina con El lago de los cisnes, que como La Novena, son clichés o fotos fijas con los que asociar el Palacio de Carlos V o los jardines del Generalife.

El Birminham Royal Ballet también ofrece dos programas distintos, desde Coppelia a diversas ofertas más modernas. El director sabe muy bien cuales son columnas de éxito seguro ante un público fiel.

Recitales de música antigua en los templos –Catedral, con cantos bizantinos desde Chipre; Monasterio de San Jerónimo, con Huelgas Ensemble o el Coro Tomás Luis de Victoria; Parroquias de Nuestro Salvador o Santos Justos y Pastor, órgano–; recitales, como el de Perianes, en Los Arrayanes; flamenco, con Carmen Linares, María Pagés y Olga Pericet; Festival para los pequeños y el mencionado FEX, distribuyendo la mejor música por la ciudad y provincia, es una fórmula que el director abunda en ella. Falta, naturalmente, una vez más, la ópera en su dimensión total, pero Gámez ha querido recordar no sólo su década ambiciosa, sino la historia del certamen.
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