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Córdoba-Numancia (3-2): El buen juicio y la necesidad
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Córdoba-Numancia (3-2): El buen juicio y la necesidad
Los blanquiverdes encadenan su tercer triunfo y se mantienen fuera del descenso · Un gol del experto ariete camero Julio Pineda llevó el delirio a El Arcángel
Francisco Merino / Córdoba | Actualizado 26.05.2008 - 18:47
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Uno de los más viejos debates del fútbol se escenificó ayer en El Arcángel, que albergó un combate entre dos equipos activados por diferentes estímulos: uno, el Numancia, llegaba desprovisto de presión y con el aura admirable de los campeones; otro, el Córdoba, comparecía responsabilizado por la trascendencia de los puntos y agobiado por la cercanía del drama. Uno jugaba por placer; otro, por necesidad. Ganó el que porfiaba por su salvación, un Córdoba inusualmente maduro, que se llevó tres puntos cruciales porque supo utilizar con idéntica pericia el pico, la pala y el corazón. Bregó sin desmayo, manejó el partido sin perder la conciencia de los riesgos -el Numancia es un equipazo, aunque se emplee sesteando- y mostró su perfil más sereno para espantar a su fantasma más insistente: el de los últimos minutos apretados. Su fútbol fue tan firme como su convicción de que el partido no se le podía escapar bajo ninguna circunstancia. El equipo de José González, que introdujo a Juanlu como gran novedad el once en lugar de Cristian Álvarez -con consecuencias irrelevantes, todo hay que decirlo-, logró por su tenacidad el premio de los goles y de la suerte, que por una vez se atavió de blanquiverde.
Lo de ganar de cualquier manera es un lema que el Córdoba llevó ayer a sus últimas consecuencias. Arthuro arrancó en fuera de juego en la acción que desembocó en el primer gol; el segundo tanto local llegó por un desgraciado despeje de Sergio Boris, en un episodio con cierto aroma a justicia poética, pues el pivote pelirrojo fue uno de los actores de aquella plantilla que hundió al Córdoba en el cincuentenariazo de 2005. Era lo nunca visto en el momento más apropiado. En poco menos de veinte minutos, un refulgente 2-0 ante uno de los equipos más eficientes fuera de su estadio en toda la historia del fútbol profesional español -sólo una derrota hasta ayer, 40 puntos en viajes- y la sensación generalizada de estar cobrando, por fin, la recompensa del destino por tantas y tantas desgracias acumuladas.
Después el partido derivó hacia cauces más ásperos y el Córdoba, claro, sufrió lo suyo. El Numancia no se jugaba nada, o al menos así se vendía la historia, pero nadie puede garantizar que la falta de tensión competitiva neutralice la calidad de un grupo. Incluso, en ciertos casos, hasta la incentiva. Así se detectó en hombres como el veterano Juan Carlos Moreno -ex blanquiverde en los noventa, en una cesión gris junto a Javi Moreno desde el filial del Barcelona- o el menudo Quero, un incordio latente por su fútbol imaginativo y sus imprevisibles soluciones con el balón controlado. El Córdoba se había propuesto hacer desistir al Numancia de practicar su fútbol habitual, obligarle a dimitir del partido y forzarle a creer que la guerra que ayer se estaba librando en El Arcángel no era la suya. Lo logró porque no dio tregua en las marcas y amilanó en el arranque a los rojillos, que aburguesaron su juego y se dedicaron más a esperar el error del rival que a provocarlo. Todo lo contrario que el Córdoba.
De Moreno salió el primer disparo a puerta, a los dos minutos, que Valle atajó. Pero los efectos de la impetuosa puesta en escena del Córdoba no tardaron en encontrar reflejo en el marcador. La confección del 1-0 resultó sintomática del frenesí blanquiverde para abordar un partido crucial, en el que no le quedaba más remedio que lanzar un mensaje de ambición con múltiples destinos: al rival, a la afición y, principalmente, a sí mismo. Ito, inconmensurable de nuevo, envió una falta desde la izquierda para que tocase Asen de cabeza en globo y Arthuro se metiera con el balón dentro de la portería arrollando a quien se le pusiera por delante. En otra acción de estrategia, Juanlu metió el balón en el área y Pablo Ruiz no llegó por centímetros. El Numancia trató de recomponer el escenario a su estilo: con toque y toque. El Córdoba impuso el suyo: apretar, robar y correr. Por la derecha, sobre todo. Guzmán se ha erigido en uno de los grandes alborotadores del antaño adocenado juego blanquiverde. El pacense destrozó en varias ocasiones al veterano Sietes, sin fuerzas y posiblemente sin ganas, a estas alturas del curso, de echar una peonada extraordinaria ante un chaval hambriento por reivindicarse en un equipo que se juega el descenso.
El delirio se instaló en El Arcángel cuando una galopada de Asen por la derecha concluyó con un centro al que Sergio Boris puso un desgraciado colofón metiendo el pie de mala manera y batiendo a su propio portero. La pifia alivió al Córdoba y dibujó un escenario casi idílico para los de José González. La tentación de pensar que todo estaba hecho se diluyó pronto. Un deficiente remate de Pablo Ruiz, que se encontró con un balón inesperado e inmejorable cerca de la portería y lo golpeó con la rodilla, prologó a un cabezazo del minúsculo Quero -1'60 de puro nervio- que repelió el travesaño. En el minuto 34, Rafa Jordá controló con el pecho un certero envío de Del Pino y fusiló a David Valle. El 2-1 no frustró al Córdoba, que mantuvo su empuje. Asen, Ito y Guzmán probaron desde lejos y sembraron de inquietud el marco de un Numancia no se estaba desmelenando, ni mucho menos, pero que tenía fuelle para asustar de vez en cuando. Sobre todo porque, a pesar de los cambios introducidos por Arconada, el cuadro soriano se comporta con un feroz sentido de la solidaridad. Cada cual sabe perfectamente su función y la improvisación no es frecuente. Si se les vendaran los ojos, jugarían igual.
Cuando Arthuro, a poco de iniciarse la segunda parte, pidió el cambio al sentirse mareado, un murmullo de temor se extendió por El Arcángel. Su sustituto, Pineda, iba a ser providencial. El camero se marcó un gol para el recuerdo. Control, autopase y colocación ante la salida del portero. Sobresaliente. Su celebración fue tan excesiva como justificada.
José y Arconada movieron el banquillo, pero apenas ocurrió nada relevante más allá de un gobierno claro del Córdoba, que mantenía la posición y no concedía opciones a un Numancia cada vez más lánguido. Hasta que, a falta de un minuto, Carmelo soltó un zapatazo desde muy lejos que cogió a Valle desprevenido. 3-2 y tres minutos de prolongación. Hubo cierta angustia, pero más por el irritante recuerdo de episodios pasados que por la imagen de un Córdoba que, ahora sí, ve más cerca la salvación.
Lo de ganar de cualquier manera es un lema que el Córdoba llevó ayer a sus últimas consecuencias. Arthuro arrancó en fuera de juego en la acción que desembocó en el primer gol; el segundo tanto local llegó por un desgraciado despeje de Sergio Boris, en un episodio con cierto aroma a justicia poética, pues el pivote pelirrojo fue uno de los actores de aquella plantilla que hundió al Córdoba en el cincuentenariazo de 2005. Era lo nunca visto en el momento más apropiado. En poco menos de veinte minutos, un refulgente 2-0 ante uno de los equipos más eficientes fuera de su estadio en toda la historia del fútbol profesional español -sólo una derrota hasta ayer, 40 puntos en viajes- y la sensación generalizada de estar cobrando, por fin, la recompensa del destino por tantas y tantas desgracias acumuladas.
Después el partido derivó hacia cauces más ásperos y el Córdoba, claro, sufrió lo suyo. El Numancia no se jugaba nada, o al menos así se vendía la historia, pero nadie puede garantizar que la falta de tensión competitiva neutralice la calidad de un grupo. Incluso, en ciertos casos, hasta la incentiva. Así se detectó en hombres como el veterano Juan Carlos Moreno -ex blanquiverde en los noventa, en una cesión gris junto a Javi Moreno desde el filial del Barcelona- o el menudo Quero, un incordio latente por su fútbol imaginativo y sus imprevisibles soluciones con el balón controlado. El Córdoba se había propuesto hacer desistir al Numancia de practicar su fútbol habitual, obligarle a dimitir del partido y forzarle a creer que la guerra que ayer se estaba librando en El Arcángel no era la suya. Lo logró porque no dio tregua en las marcas y amilanó en el arranque a los rojillos, que aburguesaron su juego y se dedicaron más a esperar el error del rival que a provocarlo. Todo lo contrario que el Córdoba.
De Moreno salió el primer disparo a puerta, a los dos minutos, que Valle atajó. Pero los efectos de la impetuosa puesta en escena del Córdoba no tardaron en encontrar reflejo en el marcador. La confección del 1-0 resultó sintomática del frenesí blanquiverde para abordar un partido crucial, en el que no le quedaba más remedio que lanzar un mensaje de ambición con múltiples destinos: al rival, a la afición y, principalmente, a sí mismo. Ito, inconmensurable de nuevo, envió una falta desde la izquierda para que tocase Asen de cabeza en globo y Arthuro se metiera con el balón dentro de la portería arrollando a quien se le pusiera por delante. En otra acción de estrategia, Juanlu metió el balón en el área y Pablo Ruiz no llegó por centímetros. El Numancia trató de recomponer el escenario a su estilo: con toque y toque. El Córdoba impuso el suyo: apretar, robar y correr. Por la derecha, sobre todo. Guzmán se ha erigido en uno de los grandes alborotadores del antaño adocenado juego blanquiverde. El pacense destrozó en varias ocasiones al veterano Sietes, sin fuerzas y posiblemente sin ganas, a estas alturas del curso, de echar una peonada extraordinaria ante un chaval hambriento por reivindicarse en un equipo que se juega el descenso.
El delirio se instaló en El Arcángel cuando una galopada de Asen por la derecha concluyó con un centro al que Sergio Boris puso un desgraciado colofón metiendo el pie de mala manera y batiendo a su propio portero. La pifia alivió al Córdoba y dibujó un escenario casi idílico para los de José González. La tentación de pensar que todo estaba hecho se diluyó pronto. Un deficiente remate de Pablo Ruiz, que se encontró con un balón inesperado e inmejorable cerca de la portería y lo golpeó con la rodilla, prologó a un cabezazo del minúsculo Quero -1'60 de puro nervio- que repelió el travesaño. En el minuto 34, Rafa Jordá controló con el pecho un certero envío de Del Pino y fusiló a David Valle. El 2-1 no frustró al Córdoba, que mantuvo su empuje. Asen, Ito y Guzmán probaron desde lejos y sembraron de inquietud el marco de un Numancia no se estaba desmelenando, ni mucho menos, pero que tenía fuelle para asustar de vez en cuando. Sobre todo porque, a pesar de los cambios introducidos por Arconada, el cuadro soriano se comporta con un feroz sentido de la solidaridad. Cada cual sabe perfectamente su función y la improvisación no es frecuente. Si se les vendaran los ojos, jugarían igual.
Cuando Arthuro, a poco de iniciarse la segunda parte, pidió el cambio al sentirse mareado, un murmullo de temor se extendió por El Arcángel. Su sustituto, Pineda, iba a ser providencial. El camero se marcó un gol para el recuerdo. Control, autopase y colocación ante la salida del portero. Sobresaliente. Su celebración fue tan excesiva como justificada.
José y Arconada movieron el banquillo, pero apenas ocurrió nada relevante más allá de un gobierno claro del Córdoba, que mantenía la posición y no concedía opciones a un Numancia cada vez más lánguido. Hasta que, a falta de un minuto, Carmelo soltó un zapatazo desde muy lejos que cogió a Valle desprevenido. 3-2 y tres minutos de prolongación. Hubo cierta angustia, pero más por el irritante recuerdo de episodios pasados que por la imagen de un Córdoba que, ahora sí, ve más cerca la salvación.
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El Córdoba vence en casa en un partido en el que Charles acaba en el hospital con la mandíbula rota. Sangrar para ganar (2-0)






