El camaleón que amó a Lorca

Santiago Roncagliolo rescata en 'El amante uruguayo' la sorprendente vida del escritor Enrique Amorim, un hombre que soñó con lograr la gloria literaria a través de los demás

Francisco Camero / SEVILLA | Actualizado 24.02.2012 - 12:28
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Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), ayer en Sevilla

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"Creo que tenemos la tumba de Lorca. ¿Te interesa?". Santiago Roncagliolo dudó mucho pero finalmente aceptó la propuesta de la editorial Alcalá, y el resultado -recién llegado a las librerías- se titula El amante uruguayo. Una historia real. Y ésta contiene una conexión con el poeta y dramaturgo granadino que no se puede obviar -incluido, sí, un misterioso nicho ante el cual se celebró en 1953 una extravagante ceremonia funeraria-, pero en última instancia lo que emerge con fuerza de sus páginas es el retrato de una de esas vidas inverosímiles, más novelescas que la propia ficción.

Al empezar a investigar ese misterioso enterramiento en la ciudad de Salto, a orillas del río que separa Uruguay de Argentina, el escritor descubrió que "había muchos indicios falsos", pero sobre todo descubrió a la persona que los fue difundiendo durante toda su vida. "Y entonces me di cuenta de que no iba a ser un libro sobre una tumba, sino sobre un personaje fascinante". Se refiere a Enrique Amorim, nacido en Salto en 1900 y fallecido en Buenos Aires 60 años después, un hombre de campo que se soñó escritor parisino, que luchó por la gloria literaria y no la tuvo, aunque mientras lo intentaba protagonizó "una vida llena de misterios" y compartió "intimidades y secretos con los grandes artistas del siglo XX", de Borges a Picasso, de Chaplin a Neruda, y por descontado con Lorca, su pasión definitiva.

En su búsqueda de fuentes documentales, Roncagliolo tuvo acceso a sus memorias inéditas. Contradictorio y camaleónico, "millonario pero comunista, homosexual pero casado con una mujer, uruguayo pero argentino", dice el autor de Pudor, Amorim "tenía facilidad para cambiar de identidad, un gran don para conocer gente y transformarse según el ambiente". "En cierto sentido, compraba sus relaciones sociales, lo cual acabó siendo penoso porque él mismo se dio cuenta de que los comunistas y los intelectuales no lo querían a él; querían simplemente sacarle todo el dinero que pudiesen".

A Lorca lo conoció cuando en Buenos Aires lo aclamaban durante sus visitas como si fuera una estrella del pop avant la lettre. Durante una de sus giras, la productora teatral del español temió que tanta fiesta lo distrajera más de la cuenta. Y lo mandó a Uruguay para que terminara de escribir Yerma, con la esperanza de que encontrara tranquilidad. Encontró, por el contrario, a Amorim, que no paró quieto hasta conocerlo. Después, el delirio y casi con toda seguridad el amor descompensado. "Lo lleva a la playa, al carnaval, contrata orquestas para que animen sus actos... Amorim aprovechó bien el tiempo. Las cartas que le mandaba a Lorca son muy románticas. Las notas que se conservan de Lorca indican por lo menos una amistad bastante cómplice, pero está claro que no se queda tan impactado con Amorim como éste con Lorca. Amorim, de hecho, dedica su vida a homenajearlo y a tratar de pasar a la historia junto a él. Ese encuentro cambió la vida de Amorim, pero no la de Lorca".

Roncagliolo, autor también de Abril rojo o Tan cerca de la vida, trabaja por encargos con frecuencia. Dice que disfruta "igual" los proyectos personales y los ajenos, aunque luego los haga suyos. "Me considero un contador de historias. Lo único que cambia cuando escribes de hechos reales es que tu imaginación no manda, manda lo que hay ahí fuera. Es raro encontrar una historia que tenga tantas aristas y sorpresas como la de Amorim, pero cuando la encuentras es muy, muy placentero, entre otras cosas porque te permite ser un voyeur", continúa, aunque finalmente admite que hay una diferencia importante entre escribir ficción y hacerlo a partir de hechos constatables. "La responsabilidad es mucho mayor cuando hablas de personas reales. Con este libro nadie me ha amenazado de muerte, ni me ha censurado, ni ha mandado abogados, tampoco he recibido anónimos intimidantes. ¡Estoy haciéndolo cada vez mejor!", remata con una nota de humor e ironía Roncagliolo aunque aludiendo, sin decirlo, a los problemas que le causó Memorias de una dama, una novela en la que vio reflejada su vida una aristócrata dominicana, y no le gustó. "Es imposible hacer una tortilla sin romper algún huevo", se limita a contestar él, con cierto gusto de conservar el misterio.

Volviendo a El amante uruguayo, el autor está convencido de que Amorim quería que se pensara que había enterrado a Lorca. "Claramente -explica-. A cien metros de ese lugar en Salto, enterró los restos de Horacio Quiroga después de haberlos llevado personalmente desde Buenos Aires hasta allí, donde levantó un monumento al escritor. A cien metros de ese monumento, hizo otro para Lorca, a imagen y semenajanza del que pide para él Machado en su poema, con las palabras de Machado esculpidas, y enterró una caja con tamaño de osario en una ceremonia que iba mucho más allá de lo propio de una inauguración. Era una ceremonia funeraria y creó confusión. Incluso alguien se acercó a darle el pésame a Margarita Xirgú, que estaba allí, pensando que enterraban a su hijo. Que Amorim quiere hacernos creer que ahí está Lorca, sin duda; que esté, no lo sé; que él cree que está, tampoco lo sé".

En cierto modo, el libro trata no sólo de este chocante episodio (o acto de amor, como quiera verse); habla también de las cosas que llegamos a hacer para ser recordados, esa necesidad primordial. "Amorim supo dejar las pistas para que alguien, 50 años después, las siguiera y escribiera un libro sobre él. Dejó una trampa perfecta, porque en cualquier caso, fuese lo que fuese, verdad o mentira, él tiene su libro, no es ya un escritor olvidado. Y es también una última burla a un medio intelectual que no lo tomaba en serio, que no lo trataba como él pensaba que se merecía. No sé si era mejor escritor que sus amigos, pero era mejor personaje, sin duda".
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