Memoria de Paul Auster

El nuevo libro del escritor neoyorquino retoma los experimentos con la verdad para trazar un sugerente autorretrato en el que se muestra más desnudo que nunca.

Ignacio F. Garmendia | Actualizado 15.02.2012 - 06:51
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Paul Auster, durante una visita al campus de Humanidades de la Universidad de Oviedo en 2006, cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias.

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Diario de invierno. Paul Auster. Trad. Benito Gómez Ibáñez. Anagrama. Barcelona, 2012. 244 páginas. 18,90 euros

La obra narrativa de Paul Auster contiene multitud de guiños y referencias que aluden de forma encubierta a sus experiencias personales, pero en ella figuran además varios títulos abiertamente autobiográficos. Es el caso de la excelente y recién reeditada La invención de la soledad (1988), obra inaugural que tiene algo de exorcismo y actuó -lo ha explicado el propio novelista- como embrión o desencadenante de toda su trayectoria posterior, y también de A salto de mata (1997), la "crónica de un fracaso precoz" en la que Auster evocaba sus años de aprendizaje. Otros libros como Experimentos con la verdad (2001) o Viajes por el Scriptorium (2006), además de los relatos reales de El cuaderno rojo (1993), contienen asimismo rastros precisos de su biografía o bien tratan de los fundamentos de su mundo novelesco, y en ellos el autor nos deja valiosas pistas acerca del modo como determinados episodios o personajes han sido reelaborados y convertidos en literatura. La última entrega del neoyorquino, Diario de invierno, se relaciona claramente con los primeros en la medida en que ofrece un nuevo recuento, sólo que la perspectiva no es ya la de un narrador joven o en plena madurez sino la del veterano escritor que encara, razonablemente satisfecho pero no sin inquietud ni melancolía, la penúltima parte de su vida.

La figura del padre o las vivencias de juventud o los famosos azares que han marcado su dedicación a la escritura y comparecían en algunos de los libros mencionados, son cada vez más lejanos en el tiempo, pero los años han ido otorgándoles mayor densidad, aumentando si cabe su potencial de significación. Hay acaso, en este Diario que Auster dice haber emprendido tras la muerte inesperada de su madre, una mayor implicación emocional y quizá también el deseo de una mayor cercanía con el lector o del autor con su propio pasado, apreciable en el uso de la segunda persona: "Que ya no eres joven es un hecho indiscutible. Dentro de un mes cumplirás sesenta y cuatro años, y aunque eso no es ser demasiado viejo, no lo que todo el mundo consideraría una edad provecta, no puedes dejar de pensar en todos los que no han logrado llegar tan lejos". El recurso aproxima el relato, que funciona como un monólogo, a una larga confidencia, donde ciertos episodios más o menos anecdóticos son descritos como verdaderas epifanías, que por la persistencia en el recuerdo han visto acentuada su cualidad reveladora. Por otro lado y llamativamente, Auster casi prescinde de las consideraciones sobre su oficio de escritor, del que apenas se habla, para centrarse en la dimensión humana.

Siempre es así, hasta cierto punto, pero la vida y la obra de Auster muestran un alto grado de imbricación que va más allá de los habituales préstamos de la realidad a los que suelen acudir los novelistas. Sus temas predilectos, el enigma de la identidad, los caprichos del destino o la construcción de la memoria tienen una base en la propia biografía y a menudo se han presentado al lector entrelazados o a través de ella. Es la perspectiva, como decíamos, lo que ha ido cambiando. Los efectos del azar no se proyectan ahora hacia un futuro que se angosta, sino hacia el pasado que se ensancha. En los últimos libros Auster ya no se plantea adónde le conducirán las casualidades imprevistas que se entretejen en cualquier destino, sino la manera en que han condicionado el suyo, las posibilidades que fueron descartadas o quedaron a medio hacer y aquellas otras que lo moldearon hasta llevarlo al lugar que ocupa.

Ese lugar es la antesala de la vejez o la vejez misma, a la que Auster, como la mayoría, no acaba de acostumbrarse. Tal vez por ello, por esa sensación crepuscular, su ejercicio memorialístico es ahora menos especulativo y suena no más verdadero, pero sí más directo, íntimo y hasta descarnado: "Habla ya antes de que sea demasiado tarde, y confía luego en seguir hablando hasta que no haya más que decir. Después de todo, se acaba el tiempo". Puede parecer prematura esa conciencia de decrepitud, pero a partir de ella ha edificado Auster una memoria más atenta a las personas y las cosas que a las ideas, que casi deja de lado las reflexiones intelectuales y tampoco se ocupa demasiado de los contextos. "No echas en falta los viejos tiempos", escribe, pero se percibe un fondo de nostalgia que no lo es tanto de las épocas pasadas o la juventud perdida -hay bastante de ironía en sus lamentaciones- como de la energía que parecía inagotable y ya no anima como antes un cuerpo fatigado, que no soporta los excesos y al que los primeros achaques han pasado factura.

Con ocasionales incursiones en el presente de la decadencia física -que obsesiona al autor en unos términos parecidos a los de Philip Roth, cuando echa de menos su antigua fortaleza-, el discurso de Auster fluye torrencialmente y de manera casi compulsiva, pero mantiene su habitual cualidad hipnótica, evocando de forma discontinua los recuerdos y los escenarios de Nueva Jersey, París o Brooklyn; los escarceos amorosos de la adolescencia y su primera relación sexual de la mano de una joven prostituta; la condición judía, las raíces americanas y el afán de ver mundo; las referencias a los abuelos, los padres o la hermana discapacitada; la minuciosa descripción de las distintas casas, hasta veintiuna, que ha ocupado a lo largo de su vida; el fracaso de los dos primeros matrimonios o las relaciones felices con su actual esposa; los errores que cometió y según afirma no ha dejado de reprocharse.

"Tus pies descalzos en el suelo frío cuando te levantas de la cama y vas a la ventana". Así se expresaba el escritor al comienzo del trayecto, contemplándose a sí mismo cuando tenía seis años. Hacia el final repite la frase, pero entre tanto han pasado las décadas y el cuerpo se ha hecho más pesado y ya no cae la nieve en el jardín de la infancia. Es invierno otra vez, pero no queda rastro de aquel niño o sólo de su hijo, el hombre. "Tienes sesenta y cuatro años. Afuera, la atmósfera es gris, casi blanca, no se ve el sol. Te preguntas: ¿Cuántas mañanas quedan?".
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