"No dejéis que me duerma"

"¿Quieres dormir un poquito, Rafael?". "¿Dormir? No, no. No dejéis que me duerma. Quiero verlo todo. Es tan grande…". Así empezó el regreso a casa de Rafael Ricardi en la parte de atrás de un coche equipado con extraños artefactos como ese elemento que iba mostrando mapas y hablaba con su conductora y abogada, Antonia. "Qué inventos". Por supuesto que Ricardi no sabe lo que es un GPS ni tampoco ha hablado nunca por un móvil hasta que hace un momento lo ha hecho con su hija.

Y Ricardi ríe por primera vez desde que disfruta hace unos minutos de libertad. En una venta del pueblote Jarilla, muy cerca de Béjar le hemos puesto un platote de jamón y queso para celebrarlo. Él se agarra al botellín de cerveza, pero no quiere comer. Le ofrezco un cigarrillo y lo enciende. "Esta mañana me he fumado un cigarro tras otro, esperando". "¿Qué has hecho esta mañana?". "Pasear arriba y abajo por el patio con mis dos amigos". "¿Quiénes son tus dos amigos?" "Alvarito y El Viejo, dos buenos amigos, muy buenos". "¿Con ellos pasabas el tiempo? ¿Jugabas a algo?" "Al parchís. En todo este tiempo me he hecho un campeón de parchís. Todo el mundo me quería tener de pareja".

Y vuelve a sonreír, porque en su rostro lo que domina es una especie de miedo, de temor a este mundo que él ha redescubierto que era muy grande, porque hasta ahora era muy pequeño. "Les pasa a todos los presos. Tenemos problemas de vista porque nos acostumbramos a la distancia de la pared del chabolo. Es un sitio de cinco metros de largo por dos y medio de ancho". "¿Cuánto tiempo pasabas en la celda?". "Mucho. Todos los días iguales. Muchos días iguales".

"¿Qué es lo que te gusta, el flamenco?" "Sí, el flamenco me gusta mucho, pero no conozco a nadie de los nuevos". "¿No escuchabas flamenco en la cárcel". "No, allí sólo se escuchaba el bacalao ese". "El chunda chunda". "Sí, eso", y sonríe por tercera vez.

Ponemos un tono un poco más grave para hablar de los flecos del caso. Antonia explica los pasos que hay que dar y Ricardo escucha atentamente, torciendo el gesto hacia la amargura. Menciona Antonia la indemnización y Rafael ya como que no quiere escuchar. "No hay nada que repare esto, nada", reflexiona. "Mi niña tenía ocho años cuando me cogieron y ahora es toda una moza. Y muy inteligente, que me lo ha dicho Antonia". Ahora sonríe con orgullo.

Ricardo se sorprende de que "para entrar no me hicieron firmar ningún papel, pero no se figura los que he tenido que firmar para salir". "Antonia, ponle algo de flamenco". "Nada de flamenco. Las Pitorrisas, una chirigota para reírnos".

Y allí se aleja Ricardo camino del sur, a ritmo de chirigota. Se acabó, de momento, el carnaval en el que al inocente le disfrazaron de culpable.

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