Historia de unos viejos calabozos

  • Andaluces demócratas que hicieron posible la Transición recuerdan cómo fueron sus días en las celdas de la antigua Jefatura de Policía de Granada, que desde primeros de diciembre ha pasado a la historia

El viejo inmueble de la Jefatura de Policía de Granada y, en particular, sus calabozos, ya son historia. Desde hace pocos días ocupa un luminoso inmueble. Por los sótanos del viejo edificio de Duquesa han desfilado a lo largo de décadas ladrones de guante blanco, parricidas, violadores, delincuentes comunes, pero también presos políticos. Buena parte de los hombres que hicieron la transición pagaron su tributo en las celdas o en las salas de interrogatorios. La mayoría no ha vuelto, aunque el recuerdo es indeleble. "Lo recuerdo tétrico, inmundo". "A mí lo que no se me olvida es la luz. La luz que no se apagaba nunca".

¿Cómo son los calabozos hoy, a punto de convertirse en historia? El agente que guía a los periodistas es un tipo joven, alto, educado, aunque mantiene cierta prudencia profesional. Nos reúne en el distribuidor principal del edificio, frente a una puerta que da una especie de callejón por donde se filtra la luz gris y gélida del atardecer de diciembre, y por donde salen obreros cargados de cajas llenas de antiguos legajos que depositan en un gran camión de mudanzas. Hace frío, ese frío lleno de ecos y resonancias de edificios deshabitados.

El agente mira someramente al grupo, comprueba que todo está listo e iniciamos la visita. Habla con la neutralidad de un guía que mostrara un museo sin objetos. "Por aquí llegaban los detenidos. En este lado había un banco. Aquí se les leían los derechos, se les cacheaba y se les tomaba la filiación. No podían pasar llaveros, cordones ni bolígrafos". El agente habla en pasado pero ¿a qué tiempo se refiere?

El grupo sale a una estrecha galería húmeda y oscura de una diez metros de longitud que desemboca en un pasadizo abovedado. Pasamos. El aire ya no es el mismo, quizá un poco más húmedo aunque no huele a cerrado. Todo está ventilado y escrupulosamente limpio. En vano buscamos el olor arqueológico del miedo segregado por cientos de detenidos al atravesar las mismas estancias que ahora cruzamos nosotros.

Las escaleras descienden a un segundo tramo y luego a un despacho diminuto, de no más de cuatro metros cuadrados, en el que hay encajada contra la pared una mesa metálica, un gastado sillón verde y una papelera de plástico barata. El agente pulsa un interruptor de cerámica roto y enciende un par de tubos fluorescentes.

"A mí me detuvieron en 1970. Me detuvo en una manifestación el inspector Martínez, que era un personaje terrible. Me llevaron directamente al calabozo. Recuerdo que estaba aislado en una celda muy estrecha, con un poyo de cemento y un colchón donde apenas cabía. Recuerdo que la luz estaba siempre encendida", relata Mateo Revilla, ex director del Patronato de la Alhambra y entonces activo militante del Partido Comunista de España.

"Pero lo más inolvidable ocurrió a la hora de la cena", continúa Revilla. "Me dieron un plato con una tortilla francesa ¡y una cuchara! Era por seguridad pero a mí me pareció un detalle terrible y surrealista. Pasé una noche entera. Por la mañana empezaron los interrogatorios. No me trataron mal. Al anochecer me llevaron en un furgón a la Audiencia y luego a la cárcel. Me acusaron de resistencia y de manifestación ilícita. ¡No sabes la alegría que me dio que me trasladaran a la cárcel! ¡Cómo serían los calabozos!".

Los temibles calabozos son cuatro y se encuentran alineados en un pasillo de poco menos de un metro de anchura.

"Estuve encerrado siete días, allá en la Navidad de 1970. La sensación que tengo es de mucha angustia", dice Antonio Cruz, actual subdelegado del Gobierno, responsable de las fuerzas de Seguridad del Estado en la provincia, y entonces militante del Partido Comunista.

El agente que nos acompaña trata ahora de encender la luz del pasillo. ¡La famosa luz que todos recuerdan permanentemente encendida hoy está apagada! Y más curioso: la luz resiste al empeño del agente. Varios intentos después por fin se iluminan un par de bombillas de bajo consumo colocadas de través en el techo. Todo está limpió, exageradamente limpio.

"Yo estuve en los calabozos en 1976 y los recuerdo muy tétricos e inmundos. Estuve dos días. Me detuvieron con tres alumnos de la Universidad de UGT un nueve de noviembre de 1976, mientras pegaba carteles en el Zaidín convocando una huelga. Íbamos en mi coche, con el cubo de cola. De pronto apareció la Policía. Nos encañonaron, con las manos en la pared, y nos condujeron a comisaría", rememora María Izquierdo, histórica militante socialista. "Ahora recuerdo un detalle que jamás he contado", prosigue la ex eurodiputado del PSOE. "Al día siguiente me llevaron un muda de ropa interior. Cuando salí en libertad me entregaron todas las pertenencias, ¡menos el sujetador! No sé, quizá es que había un policía morboso y se quiso quedar con él".

El agente abre con cierta solemnidad las puertas de barrotes para que las inspeccionen los visitantes. El interior no transmite nada, salvo una promesa de claustrofobia. Los últimos detenidos han dejado sus marcas y firmas en los barrotes de las celdas raspando la pintura con las uñas. "Sol te kiero", dice una. Y luego nombres que no evocan nada: Kiko, Rey Damián. Richi. Y lugares geográficos. Enfrente, el cuarto de baño, una habitación amplia pero dramáticamente vacía. El murmullo de las cisterna averiada hace compañía, disuelve el silencio. En el plato de ducha, el óxido de las tuberías han dejado cercos enigmáticos.

Las periodistas se demoran en los calabozos, como tratando de encontrar alguna pista del pasado, pero la búsqueda es vana. Todo está escrupulosamente barrido, lavado, limpio y depurado.

Nos disponemos a abandonar los calabozos pero aún falta algo. A un lado de la escalera hay una entrada que ostenta el enfático nombre de "Policía científica" pero escrito a mano por algún funcionario con buena caligrafía. Allí, al contrario que en los calabozos, nadie ha entrado hace mucho tiempo o, al menos, han respetado el orden y el exiguo decorado. En las paredes ante las que se retrataba a los detenidos permanecen las marcas de las estaturas, de 140 a 1a 200 centímetros, rotuladas con el mismo primor manual que el cartel de la entrada. También hay un taburete alto para tomar las huellas dactilares.

"Cuando pasé a la cárcel fue una liberación porque allí no había interrogatorios. ¿Tortas? Claro, más de una", evoca Antonio Cruz.

Desde primero de mes ningún inspector desciende a los sótanos de la Comisaría de Duquesa en busca de los detenidos y tampoco acude nadie cuando se evocan los nombres de los comisarios de la terrible Brigada Político Social. Sólo subsisten, más o menos borrosos, en la memoria de quienes fueron víctimas de su celo. El inspector Martínez, don Paco El Largo (o El Jirafa) o el comisario Fernández son espectros de unos tiempos en que se jugaba el ser o no ser de las libertades.

Termina la visita. El agente nos saluda con la misma cortesía.

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